Opinión

La parábola de Sax

Hidalgo tampoco es precisamente un campo fértil para los anhelos de nuestros deportistas. Igual que un músico, se sufre para tener respaldo | Omar Pérez Díaz

  • 24/03/2021
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Eulalio nació en 1968 cuando la sangre derramada en la masacre de Tlatelolco aún estaba fresca.

Creció entre el polvo y la pobreza de Soledad, un pueblo muy cercano a San Luis Potosí, en la auténtica provincia mexicana, amenizada apenas por los radios de transistores.

Es difícil imaginar de qué manera, en ese humilde entorno, un niño puede aficionarse por la música y desarrollar su propio talento; sin embargo, cuando llegó a la secundaria, Lalo conoció varios instrumentos musicales. Aprendió a tocar el clarinete, empezando a soñar notas, melodías...

Tocó en fiestas y bailes. Juntó dinero suficiente para viajar a la Ciudad de México con la ilusión de entrar al Conservatorio Nacional, por aquella época era la única referencia para los artistas.

El muchacho, morenito y delgado, vivió en un cuarto de azotea; pronto se acabaron los pesos así que no tuvo más remedio que pedir dinero en la central de autobuses, en el metro o donde fuera para juntar la comida diaria: un bolillo y un vaso con leche.

Su habilidad le abrió las puertas del Conservatorio; también pudo comprar otro instrumento que le cambió la vida: el saxofón.

¿Nacer en determinada condición y lugar define forzosamente nuestro futuro?

La respuesta nos lleva a la reflexión.

Hidalgo tampoco es precisamente un campo fértil para los anhelos de nuestros deportistas. Igual que un músico, se sufre para tener respaldo y el ambiente adecuado para su desarrollo.

A pesar de los pesares, de las carencias, se puede llegar muy lejos.

Hace veinte años, Alejandra Granillo era una niña cuando comenzó a jugar tenis en clubes pachuqueños; tenía tanta calidad que pronto despuntó a nivel nacional y, empujada por su padre, se fue a Europa con una mochila al hombro y durmiendo en terminales de trenes para ingresar al circuito profesional juvenil.

Llegó a ser la mejor raqueta del país y en el 2010 jugó el Abierto Mexicano; enseguida fue becada por la Universidad de Malibú, en California (Estados Unidos), donde terminó una licenciatura en Negocios, además de seguir en las canchas.

No es un ejemplo aislado.

Con una década como seleccionada nacional, Erika Gómez deseaba crecer en el baloncesto. Un día de 2001 se conectó a internet y navegando se topó con un representante de jugadores que la llevó a España, donde hizo una tremenda carrera profesional de diez años.

La pachuqueña cerró de forma brillante su trayectoria con una medalla panamericana en 2011.

Israel Gutiérrez igual destacó en la duela y estudiaba una ingeniería cuando le invitaron a probarse en equipos de España. La sugerencia de abandonar todo y lanzarse a Europa no fue bien vista por sus padres quienes le pidieron terminar sus estudios; diez años después de jugar en la Liga Profesional de México, el gigante de Tizayuca acaba de emigrar a España, contratado por el club C.B. Breogán de Galicia.

Desde los seis años de edad, María Fassi aprendió a jugar golf en el campo de Pachuca, que apenas tiene nueve hoyos. Contó con el apoyo de su papá, Andrés, directivo de los Tuzos, para tener entrenador y asistencia a los torneos más importantes; sin embargo, la beca que le ofreció la Universidad de Arkansas (EU) fue por su calidad. Hoy, juega en la LPGA, el circuito profesional más importante del mundo.

Y este año otro golfista hidalguense tiene la misma fortuna.

Cristóbal Islas Valdespino, quien juega desde los cuatro años de edad, igual en el club de la Bella Airosa, fue reclutado por la Universidad de Oregon para que los represente en el competitivo circuito universitario de Estados Unidos. Lleva 14 años en los campos, puliendo su técnica y golpeo, con el objetivo de llegar al profesionalismo.

Esta parábola nos dice: ¡claro que se vale soñar!

Aún en duras condiciones, con disciplina y talento se puede llegar al sitio que uno se proponga.

REMATE

Eulalio, de apellidos Cervantes Galarza, murió la semana pasada en una cama del IMSS. Sólo tenía 52 años de edad. No era millonario pero deja una herencia descomunal: aportó un sonido único al movimiento del rock mexicano como integrante del grupo Maldita Vecindad. Descanse en paz el gran "Sax".

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